La elección de los términos no es baladí. Las éticas antropocentrismo (El antropocentrismo es la doctrina que, en el plano de la epistemología, sitúa al ser humano como medida y centro de todas las cosas, y en el de la ética defiende que los intereses de los seres humanos son aquellos que deben recibir atención moral por encima de cualquier otra cosa ) extremas prefieren referirse únicamente al “medio ambiente”. Puesto que sólo atienden a los seres humanos que existen en la actualidad o a los de un futuro que no los ligaría a una ecojusticia intergeneracional. Así, pues, la Naturaleza queda reducida a “medio ambiente”, un escenario en el que el “humano” puede continuar realizando sus “proezas”, a condición de que economice los recursos no renovables.
En cambio, las éticas ecológicas que reconocen un valor inherente a otros seres, además de los humanos, o al ecosistema en su conjunto, suelen preferir el concepto de Naturaleza, más rico en connotaciones filosóficas, literarias, artísticas y emocionales, también más apto para convertirse en algo digno de respeto. Aunque a menudo utilizamos el término “medio ambiente”, hemos de recordar que la Naturaleza no debe ser reducida a un simple escenario de las actividades de nuestra especie. Tenemos que pensar en la continuidad del mundo natural y en la cercanía de los otros seres vivos, en nuestro parentesco y similitud. Para ello, es necesario favorecer el desarrollo conjunto de la razón y la emoción. Es decir, abandonar la lógica del dominio: Con una creencia antropocéntrica y androcéntrica (la visión del mundo que sitúa al hombre como centro de todas las cosas) de superioridad biológica, los seres humanos (algunos más que otros) se han apropiado, han dominado y han sometido violentamente a los seres vivos (incluso a los propios humanos), así como a los procesos, productos y servicios que forman la naturaleza o son generados por ella. El patriarcado capitalista hace un terrible reduccionismo de toda la vida al valor dinero. El motor del sistema capitalista consiste en una lógica de acumulación de capital y de obtención de beneficios. A través de una serie de estructuras sociales, culturales, económicas y políticas, beneficia a unos pocos a costa de la mayoría. Pone el conjunto de la vida al servicio del capital y, con ello, no solo aumenta las desigualdades sociales, sino que ha conseguido llevar al planeta a una nueva era geológica, hostil e impredecible, dañar irreversiblemente al conjunto de seres vivos que forman la trama de la vida e incluso amenazar la propia supervivencia humana (Herrero, 2017). Asentado sobre el patriarcado, este sistema se sustenta en el dominio y expolio de la naturaleza.
Razón y emoción tienen que estar conectadas para que los humanos seamos seres equilibrados capaces de alcanzar una calidad de vida que no pase por la producción infinita de los objetos materiales, sino que la mejora de las relaciones interpersonales en la igualdad, por disponer de más tiempo libre y ser capaces de usarlo de formas no alienadas.
La inconsciencia y el egoismo grupal hace que el ser humano «explote los recursos» que le ofrece el planeta como una suerte de lotería. El ser humano evoluciona en tecnología e involuciona en su reto de vivir con respeto a la Madre Tierra. Algo que antes estaba muy claro tal y como se lo hizo ver el sabio Jefe Seattle al instruido presidente Franklin Pierce.
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