DE SUJETO DISCIPLINADO A SUJETO ÉTICO.
volver a pensar sobre el sujeto y las subjetividades que lo constituyen.
“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.
Nietzsche.
Kant es un autor imprescindible para el desarrollo de la filosofía del siglo XX, gracias a la separación que establece entre esencia y existencia y, sobre todo, por introducir la desconfianza en las ideas metafísicas universales, que habían imperado en la filosofía de Platón.
El individuo no se constituye gracias a una naturaleza interna que pugna por expresarse, esta individualidad se construye a través de las relaciones, el lenguaje, las normas y valores de la sociedad que lo envuelve. Estos elementos nos convierten en sujetos, obviamente, condicionados por nuestro entorno. Podemos hablar de que en la actualidad vivimos en un complejo panorama muy distinto al que vivieron nuestros antepasados. En el último siglo, sobre todo en occidente, se ha creado una estructura entorno al “yo” donde la premisa es el consumo masivo de cultura, de ocio, de bienes materiales, etc. Antes de seguir adelante quiero recalcar que no debemos confundir sujeto con subjetividad, con sujeto nos referimos al individuo físico, con subjetividad nos referimos a la estructura que conforma la personalidad de dicho sujeto. Por ello la subjetividad es también nuestra forma de ver y vivir en el mundo. El ser humano, desde su condición social y cultural, es un animal en permanente formación. Ésta le llega, en primer lugar, a través de su entorno más próximo y no es hasta la madurez que empieza a entablar un diálogo entre lo propio y lo ajeno. A este proceso lo denominan “proceso de constitución de la subjetividad”, es decir, la progresiva conformación de una determinada manera de ver el mundo.
Subjetividad es la configuración resultante de una determinada y particular forma de relación entre aquellos elementos que inciden en su construcción. Como tal, es variable y se puede modificar. También es necesaria en la medida que es a través de ella cómo nos relacionamos con el mundo. Se manifiesta y explicita por la cosmovisión, a saber, el conjunto de normas y valores de referencia que aprende el sujeto. Esta subjetividad comparte en mayor o menor grado los valores y normas de la sociedad en la que se desarrolla el sujeto. En la actualidad hay unas características que influyen en la constitución de la subjetividad de manera homogénea y unidireccional, como veremos en el desarrollo de éste artículo.
LA FUNDAMENTACIÓN DEL SUJETO ÉTICO-POLÍTICO:
Si hacemos un estudio de la posición que ha ocupado el yo en tanto que sujeto a lo largo de la historia del pensamiento, podremos observar que dicha posición no es un elemento más, sino algo imprescindible para comprender el desarrollo histórico de la política y de los acontecimientos surgidos. En una primera conclusión muy simplificada, en la realidad política del Estado-nación, el ser humano se convierte en un ser superfluo (se elimina aquello que le hace valioso, el hecho de constituirse como un ser con pensamiento propio) y de que, En Estados de este tipo, la consideración de cualquier humano como individuo sólo es posible mediante la ficción jurídica del igualitarismo, es decir, desliga al ser humano de la existencia y lo reduce a una soberanía popular, un instrumento de estado.
En el pensamiento antiguo y en la edad media, el sujeto en cuanto tal no cobra relevancia como ocurre en el pensamiento filosófico posterior. En ésta época el punto de referencia filosófico es el ente, el objeto a estudiar (el mundo, Dios…), y no el cognoscente, es decir, el sujeto o inteligencia que intenta conocer la realidad. Aquí la filosofía política (algo aristotélica) asume la sociabilidad innata de los hombres, por lo que propone gobiernos cuyo fin debe ser siempre el bien común frente al individual. La noción de sujeto surge en la modernidad, a través de autores como Descartes, Leibniz y Kant. El idealismo alemán con Hegel, Fichte y Schelling radicaliza la noción de sujeto moderno en tanto que la subjetividad queda ligada al concepto de identidad. Esta idea de sujeto idéntico recibirá muchas críticas, hasta el punto de que algunos autores hablarán de la muerte del sujeto, Hume, Nietzsche, etc… Sin embargo tal muerte o destrucción del sujeto no se ha dado nunca, puesto que no parece posible desligarnos de esa sensación que cada persona tiene de ser un mismo “yo” a lo largo de su vida. Si no es posible hablar de su muerte, si que podemos hablar de un cambio de paradigma en el que autores como Marx, Kojève, Lévinas, Irigaray o Derrida apuestan por una disolución o de-construcción del sujeto moderno. Heidegger y Jaspers defienden la necesidad de que los sujetos asuman, desde su propia singularidad, una actitud política que nos permita remodelar un mundo en el que el respeto a la pluralidad sea el principio ético y moral que guíe todo lo demás.
LA FUNDAMENTACIÓN DE LA SUBJETIVIDAD EN LA FILOSOFÍA APLICADA.
Desde Descartes y el nacimiento de la filosofía moderna, ha venido siendo frecuente interpretar en cierto modo la historia de la filosofía en términos de progreso y superación. La antropología filosófica, tiene como objeto de estudio “el conocimiento del hombre”. Ahora bien, ¿Hablamos del hombre como objeto o como sujeto?, ¿Qué conocimiento tiene el hombre de sí mismo? La apuesta de las ciencias humanas es la de la objetividad. Se trata en ellas de imitar el modelo de las ciencias naturales, y por ello el hombre se contempla desde la pretensión de reducirlo a objeto de conocimiento. Sin embargo, lo que va a caracterizar la indagación filosófica es el intento de mantenerlo en su carácter de sujeto, recordando una y otra vez que la simplificación reduccionista del mismo que caracteriza el enfoque científico no agota todas las dimensiones que nos constituyen, y por tanto, no deberían presumir que sus resultados nos dicen lo que es realmente el hombre, dado que su objeto de estudio nunca ha sido ni podrá ser el hombre como tal, sino el hombre en tanto tal o cual aspecto, es decir, una falsificación (necesaria para adaptarse al método científico, pero falsificación al fin y al cabo). No atender este aspecto ha provocado a menudo el caer en los excesos de pretender explicar totalmente al hombre, enfatizando la importancia de algún aspecto en particular: creer que se puede explicar completamente al hombre reduciéndolo a sus condiciones sociales, económicas, culturales o sus pulsiones naturales, etc.
Foucault en “Las palabras y las cosas” nos recalca que las ciencias del hombre no existían antes del siglo XIX. No nacieron hasta que se decidió que el mismo hombre podía convertirse en objeto del campo del saber. Las nuevas normas de la sociedad industrial fueron la condición de posibilidad de esta objetivación del hombre. Con este “ hombre” se refiere aquí a su condición de objeto de conocimiento teórico. Igual que la sexualidad no preexistía al discurso que la nombra (antes se hablaba de “lujuria”, ahora hablamos de “sexualidad”, y ambos términos no son homologables). La sexualidad nace como concepto moderno y a partir de un determinado espacio político. El interés actual por el hombre como objeto de estudio es según Foucault no sólo un invento reciente, sino también un invento caduco. Unas condiciones determinadas crearon la tensión cognoscitiva que creó su propio objeto de estudio, y cuando varíen esas condiciones dicha tensión presumiblemente desaparecerá.
Los discursos evolucionan y nos traen preguntas nuevas. Kant nos dice que las tres preguntas fundamentales de la filosofía, son: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me está permitido esperar?, éstas se pueden resumir en la pregunta por excelencia: ¿qué es el hombre?. Con el desarrollo de las ciencias humanas sabemos mejor qué es el hombre, como objeto, que antes, pero cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Se conocen mejor los hombres a sí mismos que antiguamente? Esta cuestión no se puede resolver, obviamente, hablando de cromosomas o circuitos neuronales… El conocimiento que tiene el hombre de sí mismo no va paralelo al desarrollo de las ciencias humanas. No hay ciencia que pueda hacerse cargo de este campo, si no es pulverizándolo. Es aquí propiamente la filosofía la que tiene que hablar, haciéndose eco del principio délfico “Conócete a ti mismo”, que Platón en el Alcibíades clarifica como “Cuídate a ti mismo”, “Ten cuidado de ti mismo”, autocuidado que parte del autoconocimiento, sin que pretenda convertir al hombre en objeto de conocimiento, ni dando a entender que somos algo ya acabado de antemano.
Pero antes de adentrarnos más en la filosofía aplicada indaguemos un poco más en la subjetividad, para ello voy a desglosar los paradigmas del la subjetividad (lo extraigo del libro de “la práctica del cura sui” de Nacho Bañeras) en nuestra historia:
PARADIGMA SUBJETIVIDAD MODERNA:
Podemos definir y caracterizar la Modernidad como aquel período histórico que ya no quiere extraer los criterios de verdad a través de los fundamentos trascendentes, sino que quiere derivar su normatividad a partir de sí misma y de aquello que es más propio de lo humano: la razón.
Habermas, el discurso filosófico de la modernidad.
La época moderna ha significado el paso de la importancia de la ontología a la epistemología. El periodo que va de Descartes hasta bien entrado el siglo XX es un intento permanente por hacer del conocimiento una estructura sólida capaz de sostener una verdad. Ésta debe mantener las mismas características de solidez y evidencia que las que proporcionaba la extinta figura de Dios: objetiva, sentida con total certeza y de la que se puedan derivar valores universales y atemporales, aplicables a los campos teóricos y prácticos de la vida humana. A lo largo de los siglos se irán desarrollando diferentes formas de manifestaciones racionalistas (Dominio de la naturaleza, la técnica, idea de felicidad, etc.) a la vez que, también surgirá toda la cosmovisión que caracteriza la Modernidad, especialmente, la centralidad del hombre y su razón.
En nuestros días este sustrato formado por deseos, ideas, valores, etc. Ya no forma parte del humus que nos conforma y, de momento parece que el ideal racionalista de la Modernidad ha fracasado (La modernidad se caracterizó por la razón y luego por la realidad de que éste proceso era irrealizable). No ha conseguido alcanzar los mitos que anhelaba. La búsqueda de una racionalidad cada vez más certera ha obligado a separarla de la completa dimensión humana (emotiva y corporal), convirtiéndola en una máquina instrumental y pragmática. Ello nos obliga a mirar al hombre como un objeto y no como un fin.
PARADIGMA SUBJETIVIDAD POSTMODERNA:
Si partimos de la premisa que la Modernidad es cosa del pasado, (la aspiración constante hacia lo nuevo, novedad en la técnica, en las aspiraciones, en los anhelos, etc. a día de hoy, lo nuevo se ha vuelto cotidiano, en una dinámica que, más que deslumbrar, esclaviza y enajena) tampoco hoy sabemos dónde situarnos, ni que época adviene. La herencia de la Modernidad sigue presente en nuestros discursos, forma parte de nuestra herencia y, como tal, es imposible desprendernos de ella, a pesar de que parece inútil y agotada. Y es este final de ciclo, este sentimiento de agotamiento, el que puede darnos alguna pista de nuestro presente.
Parece que vivimos una época de duelo. Un tiempo para la toma de conciencia del fin de la Modernidad y con ella, también, el fin de sus valores, sus objetivos, sus mitos. Como en toda época de duelo, no se vislumbra ningún otro posible futuro porque, es preciso digerir la pérdida de aquella cosmovisión que nos sustentaba. La mirada que dirigimos hacia nuestro presente es desesperada, junto a la sensación de absurdidad, vacío y sinsentido.
Sólo en los momentos de crisis, podemos intuir ese trasfondo: esa fragilidad y precariedad que caracteriza nuestro ahora. Un ejemplo de ello son las movilizaciones recientes que se producen en las calles de múltiples países (acampada sol, primavera árabe…) y con las que se transpira todo un conjunto de desajustes a través de los cuales se intuye la precariedad e ilusiones con las que a diario se convive. Esta combinación de intuiciones, es lo que principalmente caracteriza una época que ya no puede ser la Moderna. La nuestra está en tránsito y, como tal, intuye lo que puede venir pero mantiene aún la mirada de la anterior.
PARADIGMA SUBJETIVIDAD CONTEMPORÁNEA:
Como ser cultural y social, el ser humano es fruto de su tiempo. ¿Es consciente la persona, en la actualidad, de todo este proceso? ¿Tiene en mente, en su narración identitaria, dichos elementos? ¿Qué actitud de reflexión, de cuestionamiento, mantiene con todos aquellos elementos que van con-formándole a lo largo del proceso-crecimiento como persona?
El hombre está dirigido, hoy, al trabajo (producción) y a la obediencia (disciplina). Su meta, su realización, es aquella que le permite el consumo. El consumo no sólo de productos, sino de estilos de vida, de profesiones, de ocios y tiempos libres. En el acto de consumir, como en el de trabajar, el hombre se pone en movimiento y, con la única dirección que le impone la obediencia, haciendo siempre la misma ruta producción-consumo, realimenta el sistema.
En el movimiento de una vida siempre productiva, insatisfecha, incompleta, irrealizable e inalcanzable (modernidad). No hay descanso como tampoco instante improductivo, todo se inserta en una dinámica circular cada vez más acelerada. La obediencia y la disciplina de una vida productiva, nos limita a una única dinámica posible, a través de la cual somos nosotros mismos con-formados por ella. El consumo se dirige a exprimir nuestras ficciones, sueños y anhelos y, por otra parte, a promover y explotar nuestro mundo emocional. Nos convertimos, entonces, en espectadores de ficciones que nos ciegan de nuestra propia realidad. Que nos evaden, momentáneamente, de ella y que, por ello, debemos mantener en constante repetición, buscando, de nuevo, con otra forma de evasión, crear una nueva ficción, impulso o pulsión. Nuestra cultura ofrece vías para escapar de la angustia, como las que recoge Horney en su obra: racionalizarla, negarla, narcotizarla, evitar cualquier cosa que la despierte. La sensación que produce toda ficción del casi alcanzado es lo que genera esa insatisfacción compulsiva y acaba convirtiéndose en una depresión evitadora.
La pasividad de una vida aburrida, con un mismo movimiento, nos convierte en seres estancados, cuya única salida es el espectáculo de ficciones. Sin una aparente salida, nos queda, como única alternativa, el podernos dedicar al confort de una vida privada orientada al espectáculo y la evasión. Cansados de una vida que nos aburre, la abandonamos, reemplazándola por espectáculos y evasiones, sin pensar acaso, que el camino para recuperar nuestra vida robada y enajenada pudiera realmente situarnos como personas liberadas. Optamos por una vida privada, por una opción apolítica, sin darnos cuenta que esa opción: el abandono, la representación… es ya la opción política d aquellos que no quieren o no pueden vivir su propia vida. Los políticos hoy, son tan incapaces y mediocres como nosotros mismos queremos que sean. No puede haber un cambio sin un esfuerzo, sin una atención.
A una sociedad que no sentimos como propia le oponemos nuestro narcisismo, mi propio nombre comercial, mi marca, mi identidad, mi yo. La idea de un yo cuya finalidad última es la obligada auto-realización. Una auto-realización, no obstante, que no remite a un fin concreto y definitivo, sino que se muestra dúctil, cambiable y móvil, haciendo que el sujeto navegue por una mar sin referentes, empujándole a intuir, aún más, su propia vulnerabilidad. Intentar vivir la creencia de un mundo interno es evitar la mirada hacia una realidad robada e imposibilitar una respuesta colectiva.
La desmembración de lo colectivo y la privatización de la vida, van parejas a una vida reducida a la constante y superficial palestra de los medios virtuales de comunicación y al surgimiento de la psicología como la única posibilidad de modificar aquello que entendemos por subjetividad desde un pretendido marco científico. Y reclamamos al multifacético y expansivo ámbito de lo psi, respuestas y prácticas que nos permitan mantener esa tendencia: la de interiorizar un malestar que, siendo colectivo y epocal, engullimos como propio y como enfermedad y que, desde la culpabilidad, nos obligan a ser, nosotros mismos, el fruto del problema, a modificarnos y a con-formarnos, aún más, con aquello que nos rodea.
Necesitamos de una determinada narración que nos sitúe en un marco referencial. Estamos condenados al sentido ya que formamos parte del mundo y participamos en él. Esta condena no debería implicar un monopolio, ni una única dirección, sino que puede ser participada por la actividad creativa del sujeto. Se abre así la opción de reflexionar, desmembrar y de-construir aquello que nombramos como yo-identidad. Cuestionar lo que nos hace sujetos es cuestionar lo que nos sujeta. Todo sujeto que ha optado por iniciar un camino de búsqueda y demarcación, de reflexión sobre su propia subjetividad, realiza un movimiento de responsabilidad y emancipación. De responsabilidad porque asume como propia la vida que vive, haciéndose cargo del conjunto de sus acciones y, también, de sus omisiones. El sujeto abre la tarea no sólo a cuestionar su constitución, sino también, el “sentido-ya-dado” y, a la vez, compartido por toda su sociedad. Si éste, desmarcándose de ella, se sitúa en una posición diferente, coloca a su propia sociedad con un elemento divergente, obligándola a un replanteamiento del sentido. La subjetividad se convierte en un proceso creativo, crítico, existencial y experiencial, adecuándose a su definición tradicional, esto es, un devenir.
Una sociedad es aquel conjunto de individuos que comparten un marco de sentidos y valores. La tarea individual de reflexión y crítica también debe extenderse. El malestar que hoy se vive como una problemática privada y reducida, puede mostrarse en la plaza pública. Puede ser compartido y permitir el inicio de la búsqueda de nuevas formas de afrontarlo, abriendo un nuevo camino a la política. Iniciando un camino de cuestionamiento público del malestar individual y privado. El sujeto ético es la respuesta a la crítica de la subjetividad contemporánea.
Esta crítica del sujeto ético, en la actualidad, considero que debe tener en cuenta el movimiento feminista, ecologista, la nueva masculinidad y porque no el transhumanismo, (para una mayor indagación os emplazo a leer otros artículos de mi blog, sobre todo, en el apartado ecosofía). El feminismo surge hace unos 200 años cuando algunas mujeres empezaron ha conquistar sus derechos civiles y cuotas de igualdad, privilegios inherentes al hombre y negado a las mujeres solo por ser mujeres. Por ejemplo, hasta hace apenas 70 años, las mujeres no podían votar en Francia. En los años 60 y 70 en España, necesitaban de la autorización del marido para cualquier gestión administrativa. Hasta los años 80 no se despenalizó el aborto en las democracias liberales, y aún hoy asistimos a desigualdades como la brecha salarial, la conciliación, la violencia machista o el techo de cristal. Sin olvidarnos de que estos “beneficios” solo se dan en el marco de democracias occidentales, si miramos más allá, veremos que la realidad aún es más insoportable. Del feminismo surge la nueva masculinidad, es un compendio de las características que se atribuyen a la mujer como, los cuidados, la empatía, las emociones, los sentimientos, amor, paz, etc. La nueva masculinidad reclama que estas características formen la base sobre las que cimentar el nuevo hombre.
En cuanto al transhumanismo quiero resaltar que a raíz de la aceleración de la experiencia ocasionada por los vertiginosos avances tecnológicos, las cosas están cambiando tan rápido y los nuevos estímulos son tan grandes que la cultura hoy en día se encuentra en un “shock del futuro” (Alvin toffer), sus síntomas oscilan entre la angustia, la enfermedad física, la depresión y la apatía, ya que no podemos adaptarnos por el exceso de estímulos y velocidad al que los cambios nos están sometiendo. Ya no percibimos los cambios y transformaciones sobre el horizonte de un futuro o en función de una meta hacia la cual avanzamos. El universo digital en el que estamos está permanentemente actualizándose, con las últimas tendencias sociales, las incesantes comunicaciones instantáneas, los interminables tweets, etc. Todo demandando nuestra atención con la misma impostergable urgencia. Dominados por la absoluta prioridad de un ahora constantemente cambiante vivimos activados pero al mismo tiempo impedidos de la conciencia y la reflexión necesaria para protegernos de esta irrupción digital.
FILOSOFÍA APLICADA. Un camino para ir del sujeto disciplinado a un sujeto ético.
¿Con qué esquemas o herramientas puede alguien iniciar esa indagación de conocerse uno a sí mismo? Desde 1980 en adelante, Foucault se preocupará por esta cuestión en “Tecnologías del yo”. Se plantea la cuestión del trabajo de uno sobre sí mismo para transformarse (toda vida supone un proceso de transformación: ¿vas a delegar en las instituciones tu propia transformación, o te vas a cuidar de ti mismo en esa transformación, qué vas a hacer de ti mismo ?). Se trata de gobernarse a sí mismo. Y el sí mismo nunca es un objeto dado de una vez por todas, no es el objeto de estudio de la psicología. Las ciencias humanas no están hechas para emancipar al hombre. Pero tampoco se trata de lanzarse a una espiritualidad oriental “new age”. Lo que está en juego es algo profundamente esencial: la misma libertad del hombre.
Como he dicho, antes se nos pedía ser héroes, o mártires, santos, caballeros andantes… Hoy se nos pide “ser normales”. Lo normal se eleva a normativo. Y nos sentimos liberados de la angustia cuando se nos hace saber que “somos normales”. El ideal a alcanzar es ser normales, y quien nos dice si hemos alcanzado o no esa condición es el “experto”. El gran miedo es no ser normal, y siempre es otro el que me dirá si lo soy o no. ¿Por qué esta supraestructura y no otra? El análisis del poder revela que la explotación del hombre por el hombre no es una cuestión marginal, no da igual el que dicha explotación se dé de una forma o de otra. Las relaciones de poder responden a unas motivaciones y una lógica que va más allá del puro factor económico. Y hoy en día esas relaciones de poder se muestran además sin ningún tipo de pudor. El poder ya no tiene que enmascararse: ya no engaña, pero su desvergüenza lo hace más intolerable si cabe.
Aplícate a conducir tu propia existencia ya era un lema kantiano en “¿Qué es Ilustración?”. Su Sapere aude, atrévete a pensar, atrévete a valerte de tu propio entendimiento resuena por toda la obra. Pereza y cobardía son los enemigos que tienden a mantener al hombre en la minoría de edad. Y ojo, porque los libros y la ciencia no deben anular mi propio discernimiento. Kant nos avisa de que el recurso a la autoridad, ni que sea filosófica o científica, nos debe eximir de nuestra responsabilidad de pensar por nosotros mismos. Idéntica reflexión encontramos en el vitalista Nietzsche, quien en “La gaia ciencia” insiste en que debemos examinar mediante la razón las “enseñanzas” de los clérigos. Hemos de ser a la vez experimentador y cobaya de nuestra propia vida. ¿Qué es el hombre? ¿Hemos de adoptar más bien la explicación de la ciencia o la de la religión? ¿Evolucionismo versus Creacionismo? ¿Mono con suerte versus Imagen y Semejanza de Dios? Ambas son dos formas de minoría de edad, según defiende A. Gehlen en “El Hombre”.
¿Quién es este “ti mismo”? Mente, cerebro, espíritu… Todos ellos están objetivados tendenciosamente. Quizás sólo le quepa un término: “Soledad”. Y ello es lo que nos hace próximos. Con soledad no nos referimos a solipsismo, ni ensimismamiento. La soledad es el espacio que nos aproxima porque nos abre a la compasión al reconocernos unos a otros en ella. Desde Descartes y sus “Meditaciones metafísicas” la meditación dejará de ser en Occidente el lugar de encuentro con ese “uno mismo”, al ir ganando terreno la objetivación del sujeto en el marco de la filosofía y de la ciencia. La filosofía aplicada debe recuperar ese espacio para la indagación acerca de las profundidades humanas y su contacto con la soledad y el desasimiento, para combatir el advenimiento de una nueva cultura, que encaje el feminismo, la ecología, la nueva masculinidad y la cultura audiovisual de la postmodernidad, que aporta otra lógica relacional con la realidad. ¿Qué clase de pensamiento inspirará el paso de una cultura de la palabra por una cultura de la imagen?.