El desarrollo de un diálogo entre feminismo y ecologismo es todavía una asignatura pendiente, a pesar de que el feminismo tiene una historia mucho más antigua, se la suele incluir junto con el ecologismo en la categoría de nuevos movimientos sociales, entendiendo por tales los que no solo demandan un reparto de recursos justo, sino que plantean, además, otra forma de medir la calidad de vida. Tanto el feminismo como el ecologismo nos permiten mirar de una forma distinta a la realidad cotidiana. En esta nueva visión, la toma de conciencia sobre la infravaloración de las prácticas del cuidado, así como la crítica a los estereotipos patriarcales, si comparten e intercambian aspectos, prácticas, conceptos y políticas ganan en profundidad y eficacia.
Se habla mucho de “desarrollo sostenible” para aludir a un modelo de equilibrio entre crecimiento, innovación tecnológica, imperativo ecológico, creación de empleo y protección social. Pero la realidad de las decisiones políticas tomadas hasta ahora distan mucho de tales ideales. Actualmente se habla de Green New Deal, que pretende ser una renovación del sistema socioeconómico similar al de los años 30, tras la gran depresión, pero no hay consenso en cuanto a la magnitud de los cambios que implicaría este pacto, el capitalismo quiere un crecimiento continuo que a priori no parece compatible con un ecosistema de la tierra limitado. El Green New Deal implica asumir los límites del ecosistema y la lucha contra la explotación social a mediante un decrecimiento de los países desarrollados y un crecimiento sostenible del resto. Pero en general no se visibiliza la relación entre estratificación de género (distribución desigual de recursos socialmente valorados, poder, prestigio y libertad personal, entre hombres y mujeres) y los problemas medioambientales.
El cuidado del medio ambiente es exigido por los llamados Derechos Humanos de Tercera Generación. Es un derecho de todos. Pero por desgracia las mujeres no sólo pertenecen a un colectivo afectado en todo el mundo por la desigualdad social y política que se manifiesta en el techo de cristal (se refiere al conjunto de normas no escritas de las organizaciones que dificulta a las mujeres tener acceso a los puestos de alta dirección, para avanzar en la escala laboral. Es una metáfora que designa un tope para la realización de la mujer en la vida pública, generado por los estereotipos y las construcciones culturales de las sociedades a través del tiempo), las diferencias salariales y la violencia de género. Sino que también se ven más afectadas por la contaminación medioambiental debido a características orgánicas que las hacen particularmente más vulnerables. En los países menos desarrollados, el desarrollo occidental llega de una manera que acaba con el cultivo de las huertas de subsistencia familiar, arrasa con los bosques comunales, etc. El poder de las grandes multinacionales de pesticidas, abonos y semillas transgénicas está acabando con la autonomía campesina y generando hambre allí donde nunca la había habido.
Las mujeres no pueden ser solo víctimas, también deben ser sujetos activos en el cuidado medioambiental y en la construcción de una nueva cultura con respeto a la Naturaleza. La crítica feminista tiene mucho que aportar a una cultura ecológica de la igualdad. Es hora de ecofeminismo para que otro mundo sea posible, un mundo que no esté basado en la explotación y la opresión, es hora de una lucha contra todas las dominaciones, las antiguas y las nuevas, las de los antiguos patriarcados de coerción y las del patriarcado del consentimiento que impone sus mandatos en la desmesura neoliberal. Transformar el modelo androcéntrico (la visión del mundo que sitúa al hombre como centro de todas las cosas) de desarrollo, conquista y explotación destructivos implica tanto asumir una mirada empática sobre la naturaleza como un análisis crítico de las relaciones de poder. Desde un punto de vista filosófico, el ecofeminismo nos permite comprendernos mejor como especie, así como entender los motivos y las consecuencias negativas de la división entre Naturaleza y Cultura. Ya no se trata de reivindicar como hacía Simone de Beauvoir la pertenencia de las mujeres a la Cultura, sino la doble pertenencia a la Naturaleza y a la Cultura, recordando al colectivo masculino que también comparte esa doble pertenencia. Debemos superar el desprecio por las feminizadas actitudes relacionadas con la compasión y el cuidado, dichas actitudes nos corresponden a ambos sexos, no sólo al femenino. Una Cultura ecológica de la igualdad no androcéntrica ni exageradamente antropocéntrica (El antropocentrismo es la doctrina que, en el plano de la epistemología, sitúa al ser humano como medida y centro de todas las cosas, y en el de la ética defiende que los intereses de los seres humanos son aquellos que deben recibir atención moral por encima de cualquier otra cosa ) debe acompañar el cambio hacia otro mundo posible.