La tarde desciende despacio,
como si temiera perturbar
la quietud del viñedo y del olivar.
Parecen guardianes de algo antiguo y sin nombre,
quizá la memoria misma;
su savia no corre por la sangre,
sino por las raíces del alma,
y transita por los ancianos senderos de L’Albera.
Permanezco inmóvil, sentado en la piedra,
con la espalda apoyada en el tronco rugoso de un olivo
que ha visto más lunas que mis ojos.
La tramuntana se desliza entre los pliegues de mi abrigo,
acaricia las arrugas de mis manos,
y en su tacto reconozco la misma dulzura
con que el tiempo se demora sobre los que aún esperan.
Pero bajo esta calma, una grieta se abre:
el silencio es un testigo que ya no puede callar;
la tierra aún recuerda el paso de los antiguos.
Ahora, el engranaje de un tiempo ciego,
ese algoritmo estéril que llaman progreso,
pretende marchitar lo que el viento ha custodiado.
Vienen a verter el veneno en el surco de la vida,
ahogando los acuíferos en un cáliz de nitratos,
en un vaho pesado de amoníaco y olvido.
No ven que envenenan su propio legado;
que el cobre y el fósforo son cadenas de hierro
que sellan la voz de la tierra bajo el peso del lucro.
Pero nosotros somos la memoria que resiste.
Nuestro cultivo no es la cifra, ni el exceso:
es proteger el murmullo del agua pura,
es la paz de este suelo que aún respira.
¿Es esta la herencia que osamos plantar
en la belleza de esta tierra?
Somos los guardianes del mañana,
quienes sembramos hoy, con manos callosas,
la semilla de un futuro que no se compra:
la raíz que, al final, la tierra nos reconoce.
Cantallops, 11-06-2026 RaMóN Peruga.