LA ILUMINACIÓN ES LA META; LA MEDITACIÓN ES EL CAMINO.

A medida que practicamos la meditación, vamos quitando las capas de la personalidad. Quitando y quitando más capas para llegar al centro; capa tras capa, de las muchas caras que presentamos a los demás y a nosotros mismos. No somos nuestros pensamientos, pero entonces, ¿Qué somos? ¿Quién es la persona que intenta meditar? ¿Quién es el experimentador que experimenta nuestra experiencia? ¿Es nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro espíritu? He aquí la gran cuestión: la cuestión de la identidad.

La mayoría de personas que meditan comparten una misma aspiración: experimentar directamente las cosas tal como son, en el momento presente. Ahora es el único lugar en el que podemos estar. Tanto los recuerdos como los proyectos futuros tienen lugar en el ahora. En la meditación, regresamos una y otra vez al presente, despertando a la verdad de quién y qué somos, hasta que llegamos a quiénes somos, a nuestro estado natural. “Ser”, en medio de todos los hechos, logros y devenires. Este es el estado natural de la mente, nuestro estado de ser, original y fundamental.

Para hacernos comprender que no somos lo que estamos pensando, las enseñanzas budistas establecen una distinción entre lo que se llama GRAN MENTE, o mente natural, y la PEQUEÑA MENTE, o mente ordinaria, engañada. La mente pequeña, es la mente ordinaria e impredecible que se halla continuamente rumiando y fuera de control. Ésta es nuestra mente finita, nuestra mente limitada y conceptual; nuestra mente pensante, discursiva, racional… La mente pequeña tiene numerosas necesidades e impulsos: necesita muchas cosas. Está confundida frecuentemente; sujeta a formas cambiantes; es inquieta, se enfada, se deprime, exagera. “mente de mono”.

Por gran mente se entiende la naturaleza esencial de la propia mente. Es nuestra verdadera naturaleza, la conciencia pura e ilimitada que se halla en el corazón y es parte de todos nosotros. Todo lo que tenemos que hacer para iluminarnos es reconocer y descansar en ese estado natural de la mente. Es una atención desnuda y no algo que hemos aprendido y fabricado. Esto es el objeto de la meditación. Esta visión amplia, o mirada, significa ser capaces de ver las cosas tal como son, con claridad total. Está más allá de la distorsión, se encuentra totalmente abierta y sin juicio, no tratamos de manipular o cambiar la verdad de lo que es. Un espejo no escoge lo que quiere reflejar. De igual modo, a medida que las cosas surgen en nuestra mente, aparecen simplemente, sin equivocación ni distorsión, en una atención clara de espejo.

VIVIR CONSCIENTE, MORIR CONSCIENTE.

Ahora, cuando el bardo de la muerte se cierne sobre mí, abandonaré todo apego, pretensión y deseo.

Para entrar sin distracciones en la clara atención de la enseñanza, y proyectar mí conciencia al espacio de la no nacida atención.

A medida que abandono este cuerpo compuesto de carne y sangre, sabré que ello no es más que una ilusión transitoria.

Padma Sambhava, En el libro tibetano de los muertos.

Aprendiendo a dejarnos ir en esta vida, aprendemos a vivir cada momento sin pena alguna. Aprendemos también a tomar decisiones sin dolor. Cada decisión se hace la correcta. Nos olvidamos de nuestros rencores, sabemos perdonar y nos liberamos del resentimiento, de la amargura y la hostilidad. De este modo podemos dar por concluidas nuestras dependencias, pasadas heridas y los viejos hábitos. Así es como morimos sin pena, mientras aprendemos a vivir de una forma nueva. En este preciso momento, respiración a respiración. Haciéndolo así, sabremos apreciar con más calor y atención la riqueza y plenitud que nos ofrece cada uno de los instantes de la vida, que nos resultan todavía más conmovedores al conocer su impermanencia.

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