El repunte de la filosofía aplicada debe tener en cuenta el momento histórico en el que estamos. La ausencia de meta-relatos, la relativización de los valores tradicionales, la desmembración del sujeto moderno, etc., nuestro tiempo histórico es huérfano de referentes claros sobre los que pivotar una acción o una conducta.
Cada uno de nosotros, como individuos, continuamos siendo interpelados por las preguntas que acompañan a toda vida con conciencia, sin tener a mano sentidos o referentes para encararlas y habiendo de hacer frente, además, a los retos de una vida postmoderna, un modo de vida que entremezcla en sus tejidos el aparato simbólico y conceptual del sistema económico que la engloba y que ha acabado monopolizando el “modus vivendi” y su capacidad para generar sentidos. Sin verdades eternas y universales y de sistemas capaces de generarlas sin abrir sospechas, se requieren, hoy, elementos, procedimientos y herramientas que permitan continuar tomando las decisiones, los valores y las directrices para encarar una vida que, por su complejidad, también requiere un sujeto y una subjetividad por completo diferentes a los modelos modernos y que, por la interconexión de las relaciones y la precariedad del entorno, demandan un trabajo conjunto y solidario de todos los participantes.
Estos son, muy resumidamente, algunos de los motivos y causas que retan, hoy, a la filosofía práctica a encauzar sus objetivos y a dirigir sus esfuerzos para retomar una praxis prácticamente olvidada y, en muchos casos, marginada. Hablamos, obviamente, de la función orientadora de la filosofía, algo tan evidente para los griegos o los romanos (Facere docet philosophia, non dicere) y, sin embargo, tan denostado por gran parte de la llamada filosofía académica.
Esta función orientadora, propia de la filosofía más originaria, continua teniendo por finalidad, como no podría ser otra, la búsqueda de la verdad, la resolución de los conflictos, la toma de decisiones, la voluntad de encarar el problema del sentido, etc. y aquello que la diferencia, por completo, de la filosofía académica, es su forma de discurrir y, por ende, su propia formulación. Y, si bien se sirve del aparato conceptual moderno, no pretende más que llegar a conclusiones temporales y terrenales sobre los conflictos cotidianos acechados por las eternas cuestiones humanas (el amor, las relaciones, la enfermedad, la finitud, el sentido…).
La propia persona no sólo topa con la problemática de su aplicación metodológica, sino que debe enfrentarse con las dificultades de su propia forma de ser (timidez, miedo, baja autoestima, etc.). Ello, antes que ser una fuente de problemas, puede convertirse en una oportunidad para encararlos y ver, a través de ellos, el reflejo de la forma de ver y vivir el mundo de cada cual. Será este reflejo, esta cosmovisión, el elemento que permitirá enlazar el trabajo teórico con el práctico y, también, el que permitirá iniciar un camino de transformación personal de especial importancia para adquirir la experiencia y conocimientos necesarios.
La importancia de lo práctico, tanto en la ejecución de las técnicas, como en la aplicación sobre uno mismo, es de vital importancia puesto que devuelve a la persona que se circunscribe en ella, la experiencia imprescindible para poder transmitir, a su vez, esa misma praxis, pudiendo estar más preparada para encarar el infinito abanico de posibilidades que la realidad despliega.
No podemos ser ajenos a nuestro contexto histórico. Por este motivo, somos conscientes que aquello que hoy nos caracteriza es nuestra propia alienación. Una enajenación marcada por el sistema económico en el que vivimos y que, por su potencia y ambigüedad, ha ido progresivamente enlazándose con nuestra propia vida y, finalmente, con nuestra propia forma de pensar y vivir. Esta relación entre vida y sistema económico promueve un determinado tipo de subjetividad o una forma concreta de habitar el mundo. El sujeto de nuestro tiempo vive estirado por la polaridad consumo-producción. Teniendo en cuenta la forma cómo se configura nuestra subjetividad y cómo, ésta determinada forma de darse, permite la continuidad de la alienación y promueve, a su vez, la pervivencia del sistema. Caracterizada la subjetividad imperante como narcisista, algunos de los atributos que la conforman son: infantilismo, depresión, ansiedad, miedo a la soledad, miedo al vacío, desconexión de la vulnerabilidad y de la dimensión emocional, la deflexión como válvula de escape, etc.
Por este motivo, la filosofía aplicada debe recuperar y enfatizar su dimensión crítica y debe configurarse como una tecnología del yo, esto es, una herramienta capaz de modificar la subjetividad imperante, teniendo la precaución de no convertirse en una pseudo-tecnología más, que, como la autoayuda, consista en promover el egotismo o el conformismo.
Por otra parte, porque al reivindicar una subjetividad y un proceso alternativo de construcción, no sólo se quiere luchar por reivindicar una forma de vida que parece que nos hayan robado (nuestra capacidad de decisión, nuestra configuración experiencial…), sino porque se quiere volver a abrir la posibilidad de aunar sentido a subjetividad a través de la relación, reivindicada por gran parte de la fenomenología (especialmente Merleau-Ponty), entre vida–objeto, sentido-experiencia y subjetividad. Es de crucial importancia poder delimitar la tarea de la filosofía, en su vertiente práctica, del auge de la denominada autoayuda.
La popularidad de dichos discursos no sólo obliga a sospechar de ellos, sino que, sobre todo, hace imprescindible una reflexión, primero, sobre si son válidas otras tecnologías del yo (Foucault), llegadas de otras culturas o tiempos y, también, de aquellas propiamente de la cultura occidental. Seguidamente, planteando la pregunta si es posible reivindicar tecnologías del yo como camino para construir otras subjetividades. O, dicho de otro modo, qué requisitos debe tener una tecnología del yo que pretenda alcanzar determinados resultados: cambios no sólo en el individuo sino, también, con su correspondiente repercusión social.
¿Puede considerarse el creciente auge y demanda del mal llamado asesoramiento filosófico como un ejemplo más de esta explosión de discursos y prácticas de autoayuda? Por todo ello, es oportuno mostrar, mediante una pequeña reflexión, qué tipo de subjetividad/sujeto se forma con ella y, a la vez, qué características pueden desprenderse de aquello que generalmente denominamos autoayuda.
Definimos autoayuda como el conjunto de prácticas y discursos que, aunque aparentemente busquen un cambio o transformación del individuo, ofrecen a éste, una solución rápida pero momentánea a sus frustraciones y malestares. Originando y promoviendo más allá de lo aparente:
- No promueven un cambio real, sino que invierten la dirección del problema. Potencian la interiorización de la problemática, siendo entonces el individuo y su cosmovisión los únicos culpables de la problemática y, con ello, responsables en su solución. Obvian el contexto socio-histórico.
- Imponiendo la dinámica de lo obvio.
- Potenciando el espejo de narciso. Haciendo depender la realidad de la voluntad del individuo, de su cosmovisión y de su propia psique.
- Potenciando la satisfacción presente, la infantilización (la apología de una época dorada y la posibilidad de retornar a ella).
- Todo camino de transformación/cambio implica un proceso y, en la mayoría de los casos, éstas prácticas ofrecen, por el contrario, sólo un supuesto estado final.
- Utilización de conceptos y discursos que no poseen la claridad necesaria para poder delimitar su validación, pseudo-religiosos o pseudo-místicos, que anclan a la persona en una constelación de nociones que encubren y buscan consolar el dolor inevitable con el que va asociada la vida.
- Generan una relación de inferioridad y dependencia frente a individuos o discursos portadores de verdad, impidiendo la tarea de toma de decisiones y capacitación.
- Anulan lo político y, con ello, lo común.
Hay que añadir que, si bien incidimos sobre la denominada autoayuda, por su extensión, dejamos de hablar de todas aquellas prácticas que se inscriben dentro del mismo sistema capitalista y que se relacionan, bien con el mundo de la sanidad (fármacos, terapias…), el mundo del deporte (la salud como objetivo, la fascinación por el cuerpo…), o bien el mundo del ocio (drogas, cultura-basura…), cuyas prácticas y finalidades van paralelas al mundo de la autoayuda, que en general, buscan abrir la puerta para la deflexión, para encubrir y rodear la verdadera problemática, ofreciendo una momentánea desconexión.
Delimitar este campo puede hacernos más visible la tarea que puede ofrecer la filosofía. Dada su tradición crítica, la práctica filosófica puede ofrecer un camino más áspero y difícil que la autoayuda, pero también puede ser un camino más auténtico y veraz, ofreciendo herramientas más eficaces para un verdadero cambio que no sólo ofrezca al individuo migajas que le proporcionen una pasajera satisfacción, sino que le permitan obtener una mirada crítica ante su entorno, un posicionamiento propio y autónomo (hacerse cargo de su subjetividad) y la capacidad para hacerlo efectivo. Nunca en la historia el sujeto se había encontrado con tal margen de libertad/responsabilidad y nunca lo había hecho con la ausencia total de referentes a través de los cuales obtener una pauta.
Entonces ¿Cuál ha de ser el papel de la práctica filosófica?
- Proporcionar al sujeto un conjunto de herramientas que le permitan, no sólo cuestionar su propia configuración subjetiva sino, a la vez, hacer efectivo los cambios necesarios.
- Descubrir a través de qué caminos, con qué influencias y con qué pre-juicios ha llegado a conformarse como tal. Ser consciente que la identidad es fruto de una configuración contingente, relacionada con vivencias, influencias, interiorización de normas, cosmovisiones, culturas…
- Promover la posibilidad de conformar subjetividades diferentes a través de la posibilidad de diferenciar y profundizar en el estudio de la subjetividad y sus procesos de construcción.
- Contextualizar su marco subjetivo con el contexto sociocultural e histórico.
- Reivindicar el ejercicio filosófico como un proceso. Esto es, la tarea filosófica no puede ofrecer sucedáneos rápidos a una realidad compleja, sino que, por el contrario, ha de permitir el tiempo y el espacio suficiente para:
- Elaborar un marco conceptual, crítico y real, sobre la situación en la que está inserto el sujeto.
- Abrir la posibilidad para que éste descubra y experimente nuevas formas (más responsables, éticas, conscientes) de relacionarse con la realidad, consigo mismo…
- Proporcionarle las herramientas para que se responsabilice de cada uno de sus actos, tomando conciencia de las consecuencias de sus sentimientos, de su cuerpo, de los Otros, de su entorno…
- Mostrar que es posible el cambio. Reforzar aquellos comportamientos a través de los cuales poder asumir responsabilidades o aquellos en los que haya una toma de conciencia de lo que verdaderamente se quiere, confrontando, a la vez, aquellos que impliquen un despreocuparse o evadirse sobre la vida que uno decide vivir.
- Concebir la tarea que se realiza en la práctica filosófica como una actitud que debe ser extrapolable al conjunto de la vida de uno.
Asumiendo que es tarea de la persona encaminar la propia vida y que, por ello, deben de excluirse consejos, prescripciones y normativas impuestas. Llegados a este punto, cabe reivindicar la concepción de la filosofía de la antigüedad y defender, como una dimensión propia de la filosofía, el ser una tecnología del yo. La cultura del ocuparse de uno mismo, que se desarrolló a lo largo de toda la cultura antigua, tenía por objetivo hacer emerger una determinada actitud y promover un cambio, una transformación en el individuo que le permitiera estar preparado para habitar en la verdad y encarar la finitud. A la vez, dicho conjunto de ejercicios o prácticas debía promover un cambio de relación respecto al mundo y a los otros y, finalmente, una nueva relación con uno mismo.
Por todo ello, la práctica de la filosofía tiene como tarea principal proporcionar las herramientas necesarias para promover el cuestionamiento de la subjetividad imperante y dejar abierta la puerta para la construcción, a través del diálogo (de la construcción de sentido) y de la búsqueda conjunta, de nuevas formas de respirar la vida que permitan, al sujeto que la vive, ser consciente de ella, apropiarse de ella. Solo desde este prisma es posible que la filosofía vuelva a convertirse en una tecnología del yo. Me refiero por “tecnología del yo” a:
Unos procedimientos que se proponen o prescriben a los individuos para fijar su identidad, mantenerla o transformarla. El dominio de sí sobre sí mismo o de conocimiento de sí por sí mismo, permite al individuo efectuar por cuenta propia o con la ayuda de otros una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría, etc.
Nacho Bañeras.
Filosofía y autoconocimiento.