LA FELICIDAD.
La política liberal se basa en la idea de que los votantes saben lo que hacen, y que no hay necesidad de que “el gran hermano” nos diga lo que es bueno para nosotros. La economía liberal se basa en la idea de que el cliente siempre tiene la razón. El arte liberal se basa en que la belleza está en el ojo del observador. A los estudiantes liberales se les enseña a pensar por sí mismos. Los anuncios proclaman a “simplemente, hágalo”. Las películas, el teatro, las novelas, las canciones populares, los cuentos… nos adoctrinan constantemente: “sé fiel a ti mismo”, “escúchate a ti mismo”. Como dijo Rouseau: “lo que siento que es bueno, es bueno. Lo que siento que es malo, es malo”.
Las personas que hemos crecido con estos eslóganes es propensa a creer que la felicidad es un sentimiento subjetivo y que cada individuo es quien mejor conoce si es feliz o es desgraciado. Pero esta opinión es exclusiva del liberalismo. La mayoría de religiones e ideologías a lo largo de la historia afirmaron que existen varas de medir objetivas para la bondad y la belleza, y para cómo deberían ser las cosas. Desconfiaban de los sentimientos y preferencias de la persona ordinaria. En la entrada del templo Apolo en Delfos, los peregrinos eran recibidos con la inscripción “conócete a ti mismo”. Su significado era que la persona promedio es ignorante de su verdadero yo, y por lo tanto es probable que ignore la felicidad verdadera.
Y lo mismo ocurría con los teólogos cristianos. San Agustín creía que si se le preguntara a la gente por ello, la mayoría preferirían tener sexo que rezar a Dios. ¿Acaso demuestra esto que tener sexo es la clave de la felicidad? No según San Agustín. Desde un punto de vista cristiano, la inmensa mayoría se encuentran en una situación que es más o menos la misma que la de los adictos a la heroína. Si un psicólogo hiciese un estudio entre drogadictos, seguramente la mayoría dirían que que solo son felices cuando se drogan. ¿Diría el psicólogo en un informe científico que la heroína es la clave de la felicidad?.
La idea de que no hay que fiarse de los sentimientos no se limita al cristianismo, para Darwin según la teoría del gen egoísta, la selección natural hace que las personas, como los demás organismos, elijan lo que es bueno para la reproducción de sus genes, aunque sea malo para ellas como individuos. La mayoría de los machos pasan la vida luchando, en lugar de gozar de una vida tranquila, porque su ADN los manipula para sus propios objetivos egoístas. Como satanás, el ADN emplea placeres fugaces para tentar a la gente y someterla a su poder.
En consecuencia, la mayoría de las religiones y filosofías han adoptado una postura muy diferente con respecto a la felicidad que la del liberalismo. La posición budista es particularmente interesante. El budismo ha asignado a la cuestión de la felicidad más importancia quizá que cualquier otro credo humano. Durante 2.500 años los budistas han estudiado de manera sistemática la esencia y las causas de la felicidad, que es la razón por la que hay un interés creciente entre la comunidad científica tanto por su filosofía como por sus prácticas de meditación.
El budismo comparte la idea básica del acercamiento biológico a la felicidad, es decir, que la felicidad es el resultado de procesos que tienen lugar dentro del cuerpo, no de acontecimientos que ocurren en el mundo exterior. Sin embargo, partiendo de la misma idea el budismo alcanza conclusiones muy distintas. Según el budismo, la mayoría de la gente identifica la felicidad con sensaciones placenteras, al tiempo que identifica el sufrimiento con sensaciones desagradables. Por lo tanto, la gente atribuye una gran importancia a lo que siente, y anhela experimentar cada vez más sensaciones placenteras al tiempo que evita las dolorosas. Sea lo que fuere que hacemos lo largo de nuestra vida, ya sea rascarnos una pierna o sentarnos mejor en una silla, solo estamos intentando obtener sensaciones agradables.
El problema, según el budismo, es que nuestras sensaciones no son más que vibraciones pasajeras, que cambian a cada momento, como las olas del mar. Si hace cinco minutos me sentía bien y con un fin determinado, ahora estas sensaciones han desaparecido y quizá me sienta triste y abatido. De modo que si quiero experimentar sensaciones agradables, he de buscarlas constantemente, al tiempo que me aparto de las sensaciones desagradables. Aun en el caso de que lo consiga, tengo que empezar de nuevo todo el proceso, sin siquiera obtener ninguna recompensa duradera por mis esfuerzos. ¿Qué hay de tan importante en la obtención de estos premios efímeros? ¿por qué esforzarnos tanto para conseguir algo que desaparece casi tan pronto como surge?. Según el budismo, la raíz del sufrimiento no es ni la sensación de dolor ni la tristeza, ni siquiera la falta de sentido. Más bien, el origen real del sufrimiento es la búsqueda continua e inútil de sensaciones fugaces, que hace que estemos en un estado de tensión constante y de insatisfacción. Debido a esta búsqueda, la mente nunca está satisfecha. Incluso cuando experimenta placer no está contenta, porque teme que esta sensación desaparezca pronto, y anhela que dicha sensación permanezca y se intensifique.
La persona se libera del sufrimiento no cuando experimenta este o aquel placer pasajero, sino cuando comprende la naturaleza no permanente de todas sus sensaciones y deja de anhelarlas. Este es el objetivo de las prácticas budistas de meditación. En la meditación se supone que uno observa de cerca su mente y su cuerpo, presencia la aparición y desaparición incesante de todas sus sensaciones, y se da cuenta de lo inútil que es intentar conseguirlas. Cuando la búsqueda se detiene, la mente se vuelve más relajada, clara y satisfecha. Siguen surgiendo y pasando todo tipo de sensaciones, alegría, ira, aburrimiento… pero cuando uno deja de anhelar sensaciones concretas, estas se aceptan sencillamente por lo que son. Uno vive en el momento presente en lugar de fantasear acerca de lo que pudo haber sido.
La serenidad que resulta es tan profunda que los que pasan su vida en una búsqueda frenética de sensaciones agradables apenas pueden imaginarla. Es como un hombre que permanece durante décadas en la playa, abrazando algunas olas “buenas” e intentando impedir que se desintegren, mientras que simultáneamente aparta las olas “malas” para evitar que se acerquen a él. Un día tras otro, el hombre sigue de pie en la playa, volviéndose loco con su infructuoso ejercicio. Finalmente, se sienta en la arena y simplemente deja que las olas vengan y se vayan a su antojo.
Esta idea es tan ajena a la cultura liberal moderna que cuando los movimientos de la New Age en occidente dieron con los descubrimientos budistas, los tradujeron en términos liberales, con lo que les dieron la vuelta. Los cultos de la New Age suelen decir: “la felicidad no depende de condiciones externas. Solo depende de lo que uno sienta en su interior. La gente debería dejar de buscar logros externos como riqueza y estatus social, y conectar en cambio con sus sentimientos interiores”. Esto es exactamente lo que dicen los biólogos “la felicidad empieza dentro”, más o menos todo lo contrario de lo que dijo Buda.
Buda coincidía con la biología moderna y con los movimientos de la New Age en que la felicidad es independiente de las condiciones externas. Pero su hallazgo más importante y mucho más profundo fue que la verdadera felicidad es también independiente de nuestros sentimientos internos. De hecho, cuanta más importancia damos a nuestras sensaciones, más las anhelamos y más sufrimos. La recomendación de buda fue detener no solo la búsqueda de los logros externos, sino también la búsqueda de los sentimientos internos.
Resumiendo, el liberalismo identifica nuestro bienestar con nuestros sentimientos subjetivos, e identifican la búsqueda de la felicidad con la búsqueda de determinados estados emocionales, es decir, “si no somos felices, es culpa nuestra”. En contraposición, para muchas filosofías y religiones tradicionales, como el budismo, la clave de la felicidad es conocer la verdad sobre sí mismo: comprender quién, o qué, es uno realmente. La mayoría de las personas se identifica equivocadamente con sus sentimientos, pensamientos, gustos y aversiones. Cuando sienten ira, piensan “estoy enfurecido, esta es mi ira”. En consecuencia, pasan su vida evitando algunos tipos de sensaciones y en busca de otras. Nunca se dan cuenta de que no son sus sensaciones, y que la búsqueda incesante de determinadas sensaciones no hace más que dejarlos atrapados en el sufrimiento.