EL CARÁCTER.

Entiendo al ser humano como una energía encarnada, como una manifestación de la energía universal que se expresa y manifiesta en el mundo fenomenológico y que es aprehensible por los sentidos. Ésta es la esencia de nuestro Ser, “nuestra esencia espiritual”.

«Cualquier organismo vivo tiende por su naturaleza hacia su propia autorregulación (mediante la autosatisfacción y el autoapoyo) y hacia la regulación con el medio en el que se desarrolla; esta función la lleva a cabo de una forma espontánea para alcanzar un equilibrio homeostático desde el cumplir con el principio fundamental de la naturaleza: crear, conservar y desarrollar su vida y la de su propia especie con el menor gasto energético y el máximo placer posibles.»

En el devenir evolutivo del ser humano, desde el instante de su encarnación, queda sujeto a las leyes que son intrínsecas a su naturaleza y que, para nuestro propio bien o mal, son inevitables. Las manifestaciones energéticas, que corporal, emocional e intelectualmente se estructuran en cada persona, es lo que denominamos “carácter”. Así mismo se manifiesta una dinámica de dicho carácter para que, al mismo tiempo nos posibilite la vida, pero también esta dinámica nos constriñe y oscurece nuestra trinidad esencial:

.- Nuestras virtudes.

.- Nuestras ideas.

.- Nuestro impulso de vida.

Este constreñimiento dificulta la manifestación espontánea de nuestra energía hacia la creatividad, la espiritualidad y hacia el bien estar. Por tanto en todo el proceso del devenir evolutivo, el ser humano, a partir del nacimiento, es un tránsito que implicará una pérdida de nuestra identidad original, un “oscurecimiento óntico” (Claudio Naranjo), que deviene en una experiencia de vacío esencial por la pérdida de contacto con nuestro origen esencial. Nos distanciamos, pues, de lo más valioso que tenemos: de nuestra identidad esencial y del poder del “YO real”, de la esencia metafísica, que es aquella perfección o realidad objetiva que concebimos como primaria y fundamental, como raíz o razón suficiente de las demás perfecciones y atributos.

Intentamos llenar el vacío esencial, en el que quedamos tras esta pérdida de identidad, construyendo una pseudoidentidad a través de la identificación con la imagen “especular” en la que nos vemos reflejados, y que recibimos sobre nosotros desde el entorno en el que hemos nacido, prioritariamente con la imagen que nos devuelven nuestros progenitores. El carácter, pues, se forma en el proceso de desarrollo que sigue a esta identificación sustitutoria, se estructura y cristaliza en los mecanismos de defensa.

Como hemos dicho de la dolorosa desconexión de nuestra esencia, permanece la experiencia de vacío, de falsedad y de anhelo por lo perdido, que arraiga como una sensación en la memoria sensitiva, sensorial y emocional de nuestra propia vida individual (aunque no de manera consciente), dejándonos en un estado de desasosiego que percibimos como insatisfacción, tristeza, inseguridad, miedo y angustia, consecuencia del acto de traición al que nos vemos abocados a cometer contra nosotros mismos. Identificarnos con el carácter es un intento de evitar el contacto con el vacío, la tristeza y miedo esenciales, así como de llenar el anhelo por el estado de identidad que perdimos y del que solamente guardamos, si acaso, memoria intuitiva e inconsciente.

Este proceso de identificación defensiva lleva implícito que se mantenga el oscurecimiento óntico, el olvido de sí, como la estrategia defensiva energéticamente más económica. Ello es necesario puesto que no disponemos de energía suficiente para mantener el esfuerzo de permanecer con la atención en nuestro propio ser, y, a la vez, tratar de evitar el displacer que nos causa la no aceptación de sus manifestaciones espontáneas, por la escasa comprensión y tolerancia del entorno que nos rodea. Cómo consecuencia de esta distracción de la atención hacia la propia esencia, por el déficit de energía a su disposición, caemos en la mecanicidad compulsiva del hacer como sentimos que se nos pide que seamos. Estos condicionamientos nos desconectan de nuestra consciencia y nos proporciona una falsa sensación de identidad. Sucumbimos en un estado de pereza a la introspección y al desarrollo espiritual, ya que dicha estrategia conlleva la inhibición del fluir del impulso de vida, del impulso hacia la búsqueda de sí, de la voluntad de Ser.

A lo largo del proceso de desarrollo y maduración, mantenemos dicha estrategia defensiva identificándonos cada vez más con la imagen que percibimos de nosotros, quedando así apegados a ella, cada vez se hace más profunda la ignorancia de nuestro ser original, puesto que con esta identificación mantenemos también la desconexión que nos aboca a permanecer en este estado de anhelo, insatisfacción, tristeza y miedo (cuyo origen permanece inconsciente). De dicho estado sólo percibimos sus manifestaciones defensivas, sean éstas los rasgos de carácter y su mecanicidad compulsiva o los síntomas clínicos. Con este apego a la imagen tratamos al mismo tiempo de evitar el contacto emocional con la ansiedad, la angustia y la depresión, resultado del vacío existencial en el que hemos quedado, un estado de desenergetización provocado como ya hemos dicho al tener que inmovilizar parte de nuestra energía esencial, destinándola defensivamente a estructurar y mantener los mecanismos de defensa, los rasgos del carácter y los síntomas. En definitiva para mantener y proteger el apego a la imagen con la que nos hemos identificado.

Nuestro miedo más profundo, lo que nos inmoviliza, lo que más tememos todos es la pérdida de la imagen de identificación, temor que nace precisamente del hecho de que no tenga identidad real, porque es una mera especulación imaginativa. De la inexistencia real de esta distorsión cognitiva y emocional que hemos elaborado sobre nosotros mismos, del cuento que nos hemos contado y creído, tenemos noticias sensitiva e intuitivamente, lo “conocemos”, puesto que está arraigado en nuestra memoria de vida, pero no sabemos de él. El estado de temor y desconfianza en el que vivimos deriva precisamente del miedo a que se descubra la falsedad en la que estamos inmersos, puesto que, a pesar de tener intuición de ella, ignoramos cómo es. Así nos mantenemos en el temor por la ignorancia de su origen y porque, al estar arraigado en la memoria de nuestra experiencia, queda superpuesto al dolor infantil provocado por la pérdida de nuestra identidad; un dolor que esencialmente es de desamor hacia nosotros mismos, junto por el dolor del desamor que percibimos de nuestros progenitores y, como consecuencia, por la desconfianza para con el mundo que nos recibe.

Nuestros progenitores nos acogen con una amor ya condicionado y escaso en ternura y tolerancia, pero sobre todo nos reciben en un estado de profunda ignorancia acerca de quién es el que nace, y del cuál es su naturaleza esencial. Por su ignorancia, y por la nuestra sobre el propio devenir histórica individual, acabamos desconectados y teniendo miedo de nuestro ser, de lo único real, de lo más valioso del ser humano. Tenemos miedo a que se descubra la falsedad e inexistencia de nuestra imagen protectora ante un mundo que hemos percibido como hostil. A que no sólo se descubra ante los demás, sino sobre todo, ante nosotros mismos. La falta de amor con que nos recibió el mundo impide que se desarrolle adecuadamente el sentimiento básico de seguridad. Queda así inhibida nuestra capacidad para relacionarnos con amor con nosotros mismos y por añadido con la vida misma, no se puede amar lo que se desconoce. La consecuencia es que a lo largo del proceso de desarrollo, maduración y socialización vamos perdiéndonos de nuestro contacto íntimo y por ello de reconocernos en nosotros mismos. Es a través de la toma de conciencia y reconociéndonos en nuestra esencia, como podemos alcanzar una vida más plena, llenar ese vacío existencial, abrirnos a la vida, se trata de atravesar el miedo, de apartar el velo de la ignorancia sobre quienes somos realmente.

Resumiendo, el ser humano es un organismo autónomo, capaz de adaptarse a la naturaleza y de adaptar la naturaleza a sus necesidades. Es también un ser interdependiente con otros seres humanos, ya que necesita las relaciones sociales con sus iguales para desarrollarse plenamente y evolucionar individualmente y como especie. El carácter es consecuencia de esta necesaria interdependencia y, precisamente por ello, a veces nos la facilita y otras nos lo dificulta, dependiendo de que su desarrollo haya sido más o menos armónico. Armonía o disarmonía que se concretará en una determinada estructura caracterial, la cual llevará implícita una mayor o menor distorsión en la percepción de uno mismo y del estar en la vida. Esta distorsión perceptiva es la responsable de la psicopatología del carácter.

El carácter es también consecuencia de la interdependencia entre todas las funciones intrínsecas a la naturaleza humana, que se estructuran en una unidad indivisible. Del desarrollo armónico del carácter depende la manifestación individual de cada persona, y el devenir de la capacidad de darnos cuenta de nuestra propia vida, de tener consciencia de la vida, ya que es a través de su filtro como la percibimos. También depende de cómo se mantenga la dirección de su impulso de vida, el cual originariamente va orientado hacia el bien estar y el placer (interacción erótica con la vida).

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