Hoy 22 de abril, día mundial de la tierra:
Ahora mismo estamos en una crisis sanitaria, pero también una climática y de biodiversidad que no está en cuarentena. Son las caras de un mismo prisma: la degradación de la tierra y la profunda alteración de su equilibrio. Nuestro planeta enferma y lo hacemos con él, como nos avisa la comunidad científica: el deterioro ambiental favorece la transmisión de patógenos de animales salvajes al ser humano, provocando pandemias. Esto por desgracia, nos suena.
Pandemias y ecología.
Como declaró el epidemiólogo Larry Brilliant, “la emergencia de virus es inevitable, pero no las epidemias”. En cualquier caso, no lograremos evitarlas si no ponemos la misma determinación a la hora de cambiar de políticas que la que pusimos en alterar la naturaleza y la vida animal.
Desde 1940, han aparecido o reaparecido centenares de microbios patógenos en regiones en las que, en algunos casos, nunca antes habían sido advertidos. Es el caso del VIH, del ébola en el oeste de África o del zika en el continente americano. La mayoría de ellos (60%) son de origen animal. Algunos provienen de animales domésticos o de ganado, pero principalmente (más de dos terceras partes) proceden de animales salvajes. Aún así es falso que estos animales estén especialmente plagados de agentes patógenos letales preparados para contaminarnos. En realidad, la mayor parte de sus microbios conviven con ellos sin hacerles ningún daño.
El problema está en la deforestación, la urbanización y la industrialización desenfrenadas… La destrucción de los hábitats supone una amenaza de extinción para muchas especies, entre ellas plantas medicinales y animales en los que nuestra farmacopea se ha basado tradicionalmente. Las que sobreviven no tienen más elección que dirigirse a los reductos del hábitat que la implantación humana les deja libres. Como resultado, crece la probabilidad de contacto próximo y repetido con los humanos, permitiendo así a los microbios huésped pasar a nuestros cuerpos, donde pasan de ser benignos a convertirse en agentes patógenos letales.
El ébola es un buen ejemplo de esto. Un estudio llevado a cabo en 2017 desveló que era más frecuente que este virus, cuyo origen ha sido localizado en varias especies de murciélago, apareciera en zonas de África Central y Occidental que han sufrido deforestaciones recientemente. Cuando talamos los bosques, obligamos a los murciélagos a posarse en los árboles de nuestros jardines y nuestras granjas. Es fácil imaginar qué es lo que ocurre a continuación: un humano ingiere saliva de murciélago al morder una fruta cubierta de microbios; o bien, al intentar cazar y matar a este visitante inoportuno se expone a los microbios que han encontrado refugio en sus tejidos. Así es como multitud de virus portados por los murciélagos, inofensivos para ellos, consiguen penetrar en la población humana –podemos citar el ébola como ejemplo, pero también es el caso del virus de nipah (presente principalmente en Malasia y Bangladesh) o del marburgvirus (sobre todo en África Oriental). Aunque sea infrecuente, puede hacer que virus procedentes de animales se adapten a nuestros organismos y evolucionen hasta convertirse en patógenos.
Ocurre lo mismo con las enfermedades transmitidas por mosquitos, ya que se ha establecido que existe una relación entre el advenimiento de epidemias y la deforestación (aunque en este caso se deba no tanto a la pérdida del hábitat como a su transformación). Junto con los árboles, desaparecen la capa de hojas muertas y las raíces. El agua y los sedimentos fluyen más fácilmente sobre estos suelos despojados y ahora bañados por el sol, formando así charcos que favorecen la reproducción de los mosquitos portadores del paludismo. Según un estudio llevado a cabo en doce países, las especies de mosquitos vectores de agentes patógenos humanos son dos veces más numerosas en las zonas deforestadas que en los bosques que han permanecido intactos.
Asimismo, la destrucción de los hábitats contribuye también a la modificación del número de efectivos de diversas especies, lo que podría incrementar el riesgo de propagación de un agente patógeno. Por ejemplo: el virus del Nilo Occidental, transportado por aves migratorias. En América del Norte, las poblaciones de pájaros han caído más de un 25% en los últimos cincuenta años bajo los efectos de la pérdida de los hábitats y de otros tipos de destrucción. Pero no todas las especies se ven afectadas de la misma manera. Los pájaros llamados especialistas (de un hábitat), como los carpinteros y los rálidos, se han visto mucho más afectados que los generalistas como los petirrojos y los cuervos. Mientras que los del primer grupo son pésimos vectores del virus del Nilo Occidental, los del segundo son excelentes. De ahí la fuerte presencia del virus entre los pájaros domésticos de la región, y la creciente probabilidad de ser testigos de que un mosquito pique a un humano tras haber picado a un pájaro infectado.
En el caso de enfermedades transmitidas por garrapatas, se trata del mismo fenómeno. Al ir poco a poco mordisqueando los bosques del Noreste americano, el desarrollo urbano expulsa a animales como las zarigüeyas, que ayudan a mantener a raya la población de garrapatas, mientras que deja que prosperen otras especies bastante menos eficaces en ese aspecto, como el ratón de patas blancas o el ciervo. Resultado: las enfermedades transmitidas por garrapatas se propagan con mayor facilidad. Entre ellas, la enfermedad de Lyme, que apareció por primera vez en Estados Unidos en 1975. En los últimos veinte años, se han identificado siete nuevos agentes patógenos portados por garrapatas.
El riesgo de que surjan enfermedades no se ve acentuado solo por la pérdida de los hábitats sino también por cómo los remplazamos. Para saciar nuestro apetito carnívoro, el hombre ha arrasado una superficie equivalente a la del continente africano para alimentar y criar ganado. Parte de este ganado se destina al comercio ilegal donde se vende en mercados de animales vivos (wet markets). Aquí, especies que en su entorno natural nunca se habrían cruzado aparecen enjauladas unas al lado de otras y los microbios pueden circular con alegría. Este tipo de desarrollo, que ya dio lugar en 2002-2003 al coronavirus responsable de la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) podría ser el origen del coronavirus desconocido que nos asedia ahora.
Pero hay muchos más animales que crecen en nuestro sistema de ganadería industrial. Cientos de miles de animales amontonados unos encima de otros mientras esperan a ser llevados al matadero: estas son las condiciones idóneas para que los microbios se conviertan en agentes patógenos letales. Por ejemplo, los virus de la gripe aviar, portados por aves acuáticas, asolan las granjas llenas de gallinas en cautiverio donde mutan y se vuelven más virulentos (un proceso que es tan previsible que se puede reproducir en laboratorio). Una de sus cepas, el H5N1, es transmisible a los humanos y mata a más de la mitad de los individuos infectados. En 2014, en América del Norte decenas de millones de aves tuvieron que ser sacrificadas para frenar la propagación de una cepa a otra.
Las montañas de heces producidas por la ganadería ofrecen a los microbios de origen animal otras oportunidades para infectar a la población. Dado que hay infinitamente más desechos que los que las tierras agrícolas pueden absorber en forma de abono, a menudo acaban por almacenarse en fosas no estancas (un remanso de ensueño para la bacteria Escherichia coli). Aunque más de la mitad de los animales encerrados en los corrales de engorde estadounidenses son portadores, allí esta sigue siendo inofensiva. Sin embargo, en los humanos, la E. coli provoca colitis hemorrágica, fiebre y puede llegar a causar insuficiencia renal aguda. Y como es bastante común que los excrementos de origen animal se viertan en nuestra agua potable y nuestros alimentos, cada año se infectan 90.000 estadounidenses.
Aunque el fenómeno de mutación de microbios de origen animal en agentes patógenos humanos se ha acelerado, no es nada nuevo. Se remonta a la revolución neolítica, cuando el ser humano empezó a arrasar hábitats naturales para ampliar las tierras de cultivo y a domesticar animales para usarlos como bestias de carga. A cambio, los animales nos han hecho algún que otro regalo envenenado: a las vacas les debemos el sarampión y la tuberculosis, a los cerdos, la tosferina y a los patos, la gripe. El proceso siguió durante la expansión colonial europea. En el Congo, las vías de tren y las ciudades que construyeron los colonos belgas permitieron que un lentivirus portado por los macacos de la región perfeccionara su adaptación al cuerpo humano. En Bengala, los británicos se arrogaron el inmenso humedal de Sundarbans para usarlo como arrozal, exponiendo así a los habitantes a bacterias acuáticas presentes en las aguas salobres. Las pandemias provocadas por esas intrusiones coloniales siguen de actualidad. El lentivirus del macaco se convirtió en el VIH. La bacteria acuática de Sundarbans, conocida hoy como cólera, ha provocado ya siete pandemias, la más reciente en Haití.
Una invitación a la reflexión, porque esta crisis de salud pública ha puesto de manifiesto que esa sensación que teníamos de “seguridad absoluta” garantizada por el progreso y la tecnología era absolutamente falsa.
Esta defensa de la supervivencia debe llevarnos a tomar medidas ambiciosas y drásticas, en otras palabras, a asumir el estado de emergencia climática, impulsando las actuaciones necesarias y no las que se presentan como “políticamente posibles”, estamos al borde de un punto de no retorno marcado por una enorme pérdida de biodiversidad y por el incremento de la temperatura global. El calentamiento global es consecuencia directa de un modelo de producción y consumo que es incapaz de satisfacer las necesidades vitales de las personas, poniendo en situación de vulnerabilidad a gran parte de la población mundial; de los ecosistemas y el resto de seres vivos que habitan este planeta. Se basa en la explotación ilimitada de los recursos naturales, impactando de manera injusta en las poblaciones más pobres y vulnerables.
Este sistema económico se ha paralizado ante la crisis del coronavirus, y por lo tanto, debemos replantearnos dicho sistema antes de reiniciarlo. Se puede y debe incorporar lo que hemos aprendido. Debe basarse en las personas, en sus posibilidades y en sus necesidades, así como en la protección de nuestros recursos naturales. Lo que hagamos en esta década va a condicionar completamente el grado de calentamiento que vamos a sufrir a corto, medio y largo plazo, por eso, hay que reducir ciertos consumos (como el energético), cambiar las pautas de transporte, acelerar la transición energética desde los combustibles fósiles a un modelo 100% renovable, eficiente, sin emisiones contaminantes y justo. Es necesario un cambio de escala, de lo global a lo local, que ponga en el centro la reducción de las largas cadenas de transporte, la puesta en valor de modelos alimentarios en consonancia con los límites del planeta. Reducir drásticamente las emisiones, en línea con las indicaciones científicas y alcanzando la neutralidad lo antes posible. Solo así será posible avanzar hacia una sociedad justa y solidaria y, simultáneamente, reducir el riesgo de otras crisis que el cambio climático alimenta.
En palabras del relator especial de Pobreza Extrema y Derechos Humanos de Naciones Unidas, “el mundo está en riesgo de caer en el apartheid climático, donde los ricos pagan por escapar del sobrecalentamiento, el hambre y las guerras, mientras que el resto del mundo es dejado de lado sufriendo”. Y el resto del mundo somos mayoría.
Si la pandemia COVID-19 es el gran cisne negro del siglo XXI, no podemos reclamar certeza respecto a las consecuencias que va a generar, pero si podemos imaginar qué debates se van a tornar imprescindibles para construir un futuro mejor. Considero que existen seis grandes premisas y discusiones sobre las cuales va a girar la reconstrucción del mundo post pandemia:
1. Revalorizar lo público. El rol del Estado en el tratamiento de la pandemia se torna fundamental. No existe posibilidad alguna de achatar la curva de contagio, atender a los infectados, prevenir nuevos contagios, gestionar una cuarentena selectiva, sin el protagonismo del Estado en todos sus niveles territoriales y través de todas sus herramientas de política pública: comunicacionales, de prevención, de atención sanitaria, de seguridad, de abastecimiento, asistencia social, entre otras.
Si en momentos de emergencia, un Estado fuerte en presencia y recursos se torna imprescindible, el siguiente paso es convencernos de que requerimos de ese mismo Estado, siempre. Un paquete de austeridad fiscal o de ajuste del gasto público, será más difícil de aplicar en el futuro. No porque falten aquellos que lo quieran impulsar sino porque se ha empoderado el valor de lo público. El Estado interviene no sólo para atender a los enfermos, sino para darle algún tipo de respuesta a los millones de trabajadores que dependen de una economía funcionando para ganarse el pan de cada día. Esa respuesta no proviene del mercado, sino de las propias arcas públicas.
2. Otra globalización es posible. La pandemia expuso el fracaso del relato hegemónico de la globalización. La idea de que vivimos en una gran aldea global que diluye los Estado-nación, la profecía autocumplida de la soberanía de los mercados, la promesa del crecimiento económico infinito, y el desarrollo tecnológico como panacea del desarrollo humano. Es posible que lo que venga después de esta conmoción sea una gran discusión global respecto al rol del Estado en la economía, el control sobre los capitales especulativos, el régimen impositivo, las cuentas offshore, el futuro del empleo, entre otras cuestiones. Pero también respecto a las redes de solidaridad global, necesarias para contener los posibles futuros brotes epidemiológicos y las consecuencias económicas de una crisis sistémica que azota al ser humano pero también a su entorno.
Si toda crisis, implica oportunidad. Esta es la oportunidad más importante en la historia de la humanidad para construir un orden global basado en la solidaridad, el conocimiento y el respeto al medio ambiente. Como remarcó Joseph Stiglitz, sí el problema es global, la respuesta debe ser también global.
3. La necesidad de un cambio en el sistema sanitario. Pareciera que las sociedades están siendo conscientes de que un sistema de salud fragmentado, privatizado, desfinanciado, y que actúa muy poco sobre la prevención, constituye una estructura sanitaria débil y expuesta a cualquier brote epidemiológico. Ya sea el SARS-COV-2, sarampión, dengue, e incluso la gripe común. Por el contrario, trabajar más y mejor sobre determinadas prácticas de prevención que deberían ser cotidianas —lavado de manos, higiene, desinfección de alimentos, etcétera— resulta mucho más eficiente desde el punto de vista económico y sanitario.
No sólo se ahorran recursos, sino vidas. Un sistema de salud en el que a mayor ingreso mejor atención, no parece ser tampoco una buena idea. Todos los recursos que ciudadanos inyectan en clínicas privadas y seguros médicos en distintos países del mundo, podría transformarse en un impuesto sobre los ingresos medios y altos orientado a mejorar y fortalecer un sistema público de salud único y de calidad.
4. Nuevas formas de construir comunidad. Si algo demostró el aislamiento preventivo y obligatorio es que la interacción social no es sólo física. Por eso, vale preguntar: ¿Los medios y tecnologías digitales son constructores de ciudadanía? ¿Hay una redefinición del espacio público? ¿Estamos realmente encerrados y aislados o nos conectamos de otra manera? Durante la cuarentena obligatoria, en muchos países como España y Argentina, se popularizó una práctica muy concreta que consistía en aplaudir a los trabajadores de la salud desde los balcones y terrazas a un determinado horario.
La ciudadanía se expresa no sólo cuando se respetan normas y valores socialmente establecidos, o cuando se cumplen con responsabilidades y se garantizan derechos, sino también cuando se valoran determinados roles sociales. Es una buena noticia, que la tarea del cuidado sea tan valorada y reconocida. Se están expresando nuevas formas de construir un sentido colectivo, de comunión, solidaridad, de vivir en comunidad. Mediante el uso de tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), se construyen redes de cooperación comunitaria para ayudar a los adultos mayores a abastecerse de alimentos, producir insumos críticos, gestionar donaciones para los más necesitados, acompañamiento emocional en línea, entre otras. Experiencias y valores que muchas veces se pierden en la inercia propia de la vida urbana y que bien vale la pena recuperar cuando todo esto termine.
5- Aceleración de la disrupción tecnológica. Es probable que la Pandemia acelere el proceso de cambio tecnológico en curso. El conjunto de tecnologías 4.0 ya están operando en el diagnóstico, control, monitoreo y tratamiento del virus. Desde big data, pasando por inteligencia artificial hasta llegar al uso de robots inteligentes para realizar testeos y tomar la fiebre a los pacientes. No van a faltar las empresas que consideren que resultará mucho más rentable invertir en automatización y digitalización de los procesos productivos, antes que seguir expuestos a epidemias que paralizan la producción. Tampoco van a faltar gobiernos que quieran monopolizar la tenencia de datos y mediantes estas herramientas, ejercer el control sobre los ciudadanos.
Como bien señaló Byung-Chul Han, la soberanía se traslada de los territorios a los datos. La información es poder, y quienes manejen los circuitos que producen, almacenan, y procesan los datos estarán mejor posicionados en la jerarquía del poder global. Este proceso, sumado a la crisis económica en ciernes, obligará a discutir la necesidad de la tan mencionada “renta básica universal” para evitar abandonar a su suerte a grandes porciones de la sociedad. El problema no es la automatización sino la sociedad del descarte.
6- La excepción como norma. Como indica Branko Milanovic, en contexto de guerra los ricos pagan más impuestos. Nadie quiere una guerra, aunque sea contra un enemigo invisible, pero pareciera que la economía en contexto de guerra resulta un tanto más equitativa que una normalidad que profundiza las desigualdades, injusticias y el maltrato al medio ambiente. Tal vez, ciertos aspectos de la excepcionalidad tengan que transformarse en norma. Por supuesto que el párate de la economía, el incremento de la desocupación y la pobreza, son problemáticas que seguramente tiendan a aumentar las desigualdades existentes, pero es igualmente cierto que para resolver esas inequidades se necesitará un Estado robusto, presente y activo, una sociedad más solidaria, que los ricos paguen más impuestos, y la conformación de un sistema de salud unificado, público y de calidad, entre otras cosas.
No tengo claro sí saldremos de esta crisis mejores, pero a medida que logremos resolver estas discusiones, sabremos cómo ser mejores. No es poca cosa frente a tamaña incertidumbre y la promesa de un futuro distópico cada vez más cercano.
BIBLIOGRAFÍA.
Oneearth.
Greenpeace.
Fridays for future.